¿Las tragedias que vivimos como país nos dejan aprendizajes reales?

Mi convicción es que ya hemos vivido demasiado como para seguir actuando igual. Es tiempo de cambiar la actitud, de dejar de normalizar la improvisación y de asumir responsabilidades colectivas.
Chile es un país extraordinario: personas solidarias, paisajes únicos y una diversidad geográfica que asombra. Sin embargo, esa misma geografía —sumada a decisiones humanas muchas veces negligentes— nos expone de manera constante a tragedias de distinta magnitud. Terremotos, incendios, inundaciones y crisis provocadas por la acción humana forman parte de una historia que, lamentablemente, se repite.
Una característica que se repite en nuestra sociedad es la reacción tardía. Somos, en gran medida, un país reactivo más que proactivo. Frases como “eso aquí no puede pasar”, “estamos preparados” o “cuando ocurra veremos qué hacer” aparecen una y otra vez. El problema es que muchas veces el aprendizaje se queda solo en el momento, no se consolida ni se actualiza, mientras la realidad avanza a una velocidad muy superior a nuestra capacidad de respuesta.
Esto ocurre en todos los niveles: institucional, político, social y comunitario.
Planificar no es una pérdida de tiempo. Al contrario, la planificación es una forma concreta de cuidado. Y no una sola, sino múltiples alternativas: planes A, B, C… incluso aquellos escenarios que parecen improbables, porque en las emergencias la solución suele venir de lo que no habíamos previsto.
Esa planificación debe ser amplia e inclusiva. No puede diseñarse solo desde escritorios o salas de reuniones. Es indispensable considerar a quienes trabajan en terreno, a quienes conocen la realidad concreta de los territorios. Chile no es un país homogéneo: su geografía es compleja, diversa y, en muchos casos, desconocida para quienes toman decisiones.
En el contexto de la tragedia ocurrida recientemente en Penco y otros sectores de Concepción —así como en distintas regiones del país— ha sido evidente la enorme voluntad de ayuda por parte de personas e instituciones. Sin embargo, esa voluntad se ha visto frenada por la falta de gobernanza, coordinación y comunicación efectiva. Cuando no existe claridad sobre quién lidera, cómo se informa y bajo qué plan se actúa, los esfuerzos se dispersan y las soluciones se retrasan. Y en una emergencia, el tiempo es crucial.
Algunas preguntas que no pueden seguir postergándose:
● ¿Qué institución —pública o privada— coordina estas emergencias?
● ¿Quién asume la gobernanza real en el territorio?
● ¿Cuáles son los canales oficiales de comunicación?
● ¿Existe un plan claro y público para enfrentar la crisis?
● ¿Se ha integrado a universidades, gremios y organizaciones con capacidad técnica y humana para aportar?
● ¿Cuáles son las necesidades más urgentes y cómo se abordarán de manera concreta?
No podemos olvidar que muchas tragedias son evitables o, al menos, pueden reducir significativamente su impacto. Para ello, la educación es clave: educación formal, comunitaria, institucional y cotidiana. Educación para la prevención, para el cuidado del entorno y para el respeto por las personas y la naturaleza.
Mi convicción es que ya hemos vivido demasiado como para seguir actuando igual. Es tiempo de cambiar la actitud, de dejar de normalizar la improvisación y de asumir responsabilidades colectivas.
Seguiré aportando desde donde me corresponda, pero ya no quiero perder tiempo en instancias vacías que no conducen a acciones concretas. Es momento de actuar. Y, lamentablemente, ya vamos tarde.
Arabella Espinosa
Presidenta Consejo Zonal del Biobío Colegio de Ingenieros de Chile AG.
