Mejoramiento continuo en la relación de la ingeniería con la protección del medioambiente – Columna de Hernán Durán

Comprender y respetar el valor de otras especies —desde anfibios hasta bosques completos— no es un obstáculo “contra” la vida humana, sino una condición para sostenerla. Producir más y mejor, generando menos impactos ambientales, es el desafío de los nuevos y futuros ingenieros, Hernán Durán.

Cuando inicié mis estudios de Ingeniería Civil en la Universidad de Chile, en 1964, existía un curso llamado Introducción a las Ciencias de la Ingeniería, cuyo propósito era situar el quehacer ingenieri dentro del marco de los avances tecnológicos globales. Ese mismo año, sin embargo, se instauró un nuevo curso: Introducción a las Ciencias de la Tierra, dictado por los profesores Enrique Gajardo y Edgard Kausel, destacados geofísicos. La idea era simple y poderosa: para actuar correctamente, la ingeniería debía comprender su entorno; en particular, el entorno geofísico que sustenta todas las obras.

Aprender a mirar “hacia abajo”: geofísica, sismología y normas

En ese entonces, pocos teníamos noción de lo que ocurría bajo nuestros pies, bajo el mar, en la cordillera y sus glaciares, o incluso en la atmósfera. La geofísica nos permitió entender que los sismos son consecuencia de movimientos internos de la Tierra —incluida la dinámica del magma bajo la corteza— que liberan energía en forma de ondas. Con el tiempo aprendimos a distinguir el hipocentro y el epicentro, y a correlacionar la llegada de distintos tipos de ondas con la magnitud, la energía liberada y los daños observados en superficie.

Ese aprendizaje progresivo se reflejó en la práctica profesional. Eventos como el terremoto de Chillán de 1939 y el de Valdivia de 1960 quedaron como hitos trágicos que impulsaron normas sísmicas cada vez más exigentes, reduciendo riesgos y evitando innumerables accidentes. La ingeniería fue incorporando evidencia del entorno natural para disminuir vulnerabilidades, en un proceso de mejora continua que, aunque implicó mayores exigencias técnicas y costos, permitió construir con mayor seguridad, prolongar la vida útil de las obras y reducir la mortalidad asociada a los terremotos.

Avances tecnológicos y una nueva escala de observación

Mi generación vivió estos avances en paralelo con otro cambio monumental: la exploración espacial. En la década de 1960, la órbita terrestre comenzó a ser recorrida regularmente —primero por los soviéticos, con Yuri Gagarin, y luego con la llegada del ser humano a la Luna, cuyo primer paso fue dado por Neil Armstrong. Más allá del simbolismo, esta etapa aceleró el desarrollo de sensores, comunicaciones y métodos de observación remota, abriendo una escala completamente nueva para “mirar” el planeta. A partir de allí, los avances tecnológicos se multiplicaron. Parte del conocimiento generado para la actividad satelital se transfirió rápidamente a la industria: instrumentación, procesamiento de datos y sistemas de control. En paralelo, la informática se expandió con fuerza y, con los años, se transformó en base para desarrollos que hoy asociamos a la inteligencia artificial. Sin embargo, no puede olvidarse que el avance científico y tecnológico también ha sido utilizado con fines destructivos, incluso antes, al terminar la feroz segunda guerra mundial, con el desarrollo del armamento nuclear y el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki en 1945 permanecen como advertencia histórica y base de investigación científica.

Recordarlo, en el contexto mundial actual, refuerza la necesidad de orientar el desarrollo tecnológico con criterios éticos, de resguardo del bien común y de prevención de catástrofes.

Los años 70: producir más, contaminar más


En los años 70, la sociedad comenzó a preguntarse por el aumento de ciertas enfermedades y por el deterioro visible de la naturaleza. Llegamos a una conclusión incómoda: junto con producir una enorme variedad de bienes, también estábamos generando una enorme cantidad de contaminantes que terminaban en el agua, el aire y el suelo y los consumíamos. Al principio, la preocupación se centró —con toda razón— en la salud humana. Pero pronto se hizo evidente algo más amplio: nuestra supervivencia depende del equilibrio del resto de las especies que nos acompañan en los distintos reinos de la vida que también estaban contaminadas.

Regulación ambiental y el rol de la ingeniería hoy

Para avanzar en esa dirección fue necesario desarrollar mecanismos de protecciónm ambiental, dando origen a lo que hoy conocemos como regulación ambiental. Esta regulación obliga —en el buen sentido— a compatibilizar objetivos que a veces se perciben como contrapuestos: aumentar la producción y, al mismo tiempo, proteger el entorno que hace posible la vida y la actividad económica. No se trata de declarar al ser humano “por sobre” lo demás, sino de reconocer que somos parte del ecosistema: tan relevantes como las otras especies y, a la vez, dependientes de ellas.

Comprender y respetar el valor de otras especies —desde anfibios hasta bosques completos— no es un obstáculo “contra” la vida humana, sino una condición para sostenerla. Producir más y mejor, generando menos impactos ambientales, es el desafío de los nuevos y futuros ingenieros. En este contexto, la ingeniería debe incorporar, desde la etapa conceptual y de diseño, criterios ambientales y exigencias regulatorias orientadas a evitar —o al menos minimizar— el deterioro del entorno. A mi juicio, el desafío actual no es elegir entre desarrollo y protección, sino diseñar mejores soluciones: obras más seguras, más eficientes y compatibles con las capacidades del territorio.

Ese es, finalmente, el sentido del mejoramiento continuo que he visto consolidarse a lo largo de mi vida profesional: aprender, corregir, medir resultados y volver a mejorar. En definitiva, se trata de elevar la calidad de nuestros proyectos.

Hernán Durán de la Fuente.
Presidente Comisión de Medioambiente del Colegio de Ingenieros de Chile.